El Casco Antiguo de Panamá forma parte de la prestigiosa Lista del Patrimonio Mundial de UNESCO desde hace más de diez años, aunque la visión que se tiene del sitio aún tiende a ser fragmentada. Todos saben que la ciudad surgió tras el abandono de Panamá Viejo y se desarrolló bajo la tutela hispánica durante siglo y medio, pero a su devenir posterior no se le ha prestado la atención que merece. El cuadro global que trazó Ángel Rubio a mediados del siglo XX fue un ejercicio excepcional; posteriormente, se han esbozado más bien fragmentos según los más diversos gustos: cada experto tiene “su” Casco Antiguo, usualmente con preferencias por lo colonial o francés. Por otro lado, el proceso de recuperación del trasmundo hispánico, colombiano y francés de la ciudad puede ser visto como una reacción a la arrolladora influencia de los EE.UU. después de 1903.
En realidad, el Casco Antiguo como sitio histórico refleja no una, sino varias influencias coloniales: evidentemente, la primera fue la hispánica; después, ya entrado el siglo XIX, se dio una atrevida mezcla entre lo estadounidense, francés y caribeño con toques colombianos; en el siglo XX se sintió la presencia estadounidense a través de la Zona del Canal. Sin embargo, no sería correcto ver el Casco Antiguo como una mera secuencia de presencias coloniales: en todo el conjunto se percibe un poderoso carácter propio.
Fue ésta, precisamente, una de las razones que justificaron la incorporación del sitio en la Lista del Patrimonio Mundial. Aquí presento una visión integral del Casco Antiguo, la cual no sólo tiende puentes hacia el presente, sino hacia Panamá Viejo. Para lograr este cuadro hubo que rellenar algunos intersticios, sobre todo entre 1800 y 1850 (los “años oscuros” en la historia de la ciudad) y de 1920 en adelante. He hecho gran énfasis en la historia arquitectónica y urbana, generalmente desde la perspectiva de la historia del arte, disciplina poco arraigada en Panamá por la escasez de profesionales de ese campo.
He intentado encontrar un término medio entre un texto académico y una lectura más ligera, ricamente ilustrada. Este último aspecto es crucial, ya que es importante estimular nexos entre la documentación y el hecho palpable de la ciudad. En el capítulo sobre la arquitectura, por ejemplo, preferí comentar extensamente las fotos antes que hacer largas descripciones que nadie leería.
Al escribir aproveché varios trabajos previos: una primera investigación sobre la arquitectura doméstica financiada por UNESCO en 1986-87; el reciente inventario hecho para la Oficina del Casco Antiguo; una investigación sobre el problema del inquilinato patrocinada en 1994 por la Universidad Técnica de Hamburg-Harburg en Alemania; una historia de la arquitectura colonial panameña para un compendio editado por Graziano Gasparini en Venezuela; la historia urbana colonial que escribí en 1995 con apoyo de la Universidad de Arizona; mi contribución al Plan Maestro de Panamá Viejo de 1998-99; la historia de la arquitectura de la Zona del Canal que patrocinó el Instituto de Arquitectura Tropical en Costa Rica; y para esta reedición, mi libro Panamá —guía de arquitectura y paisaje de 2007.
También debo mencionar mis trabajos ensayísticos publicados en el diario La Prensa desde 1985. Por último, mis investigaciones se han beneficiado de mi trabajo práctico en la restauración.